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El misterio de la Rosa Escarlata
Lectura recomendada para: 3er Ciclo de Primaria, 1er Ciclo de ESO
Género literario: Narrativa

Sello: Destino Infantil y Juvenil
Páginas: 272
Materia: Literatura castellana   Ciencias sociales   
Encuadernación: Cartoné con sobrecubierta
eBook: Título disponible en formato eBook


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PVP (IVA incluido): 14.95€
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Resumen:

Reunidos en Londres, Irene, Sherlock y Lupin encuentran en The Times un extraño problema de ajedrez firmado por «el Fraile Negro». Está escrito en un código desconocido y una pequeña chispa brilla en los ojos de Sherlock… Al día siguiente, la ciudad se conmociona con la noticia del asesinato de un rico comerciante. Sobre su escritorio se ha encontrado una rosa escarlata, la misma flor que veinte años antes fuera la «fi rma» de un audaz grupo de criminales.
¿Acaso la Banda de la Rosa Escarlata ha vuelto a actuar?

Fragmento:

Si rememoro aquella lejana tarde de diciembre de 1870, me viene a la mente una imagen muy precisa: una lenta danza de minúsculos copos blancos llenando la ventana del estudio de mi padre. Era mi primera nevada londinense. Mi padre se encontraba en Glasgow en uno de sus viajes de negocios y, con la generosidad que lo caracterizaba, me había permitido usar su pequeño pero acogedor estudio con las paredes abarrotadas de libros.

No lejos de mí, en una pequeña chimenea de mármol blanco, ardía un fuego vivo y crepitante. Horace Nelson, nuestro fiel mayordomo, se acercó discretamente a la puerta, que yo había dejado entreabierta, y señaló la ventana con un leve ademán de la cabeza.

—Mire, señorita Adler…

Nada más volverme, la visión de toda aquella blancura me sorprendió y me conmovió.

—¡Está nevando! ¡Está nevando! —exclamé sin pensar siquiera, como una niña (quizá fuera más acertado decir que, en aquel momento, la que habló fue la niña que por entonces aún había en mí).

Al cabo de poco, atraída por el estallido de mi voz, llegó también mi madre. Horace se apartó con una inclinación y se fue. Entonces vi que mi madre miraba la ventana y su cara se iluminaba con una franca sonrisa. También ella, después de todo, tenía corazón de niña.

—Oh, Irene… ¿No es precioso? —preguntó.

—Tan bonito como en un cuento —le contesté.

Mi madre echó un vistazo a los muchos libros que abarrotaban el escritorio de mi padre y, al verlos, casi pareció compadecerme.

—¡Te dejo estudiar, cielo! —me dijo sonriendo—. Hasta más tarde.

Yo también sonreí, pensando que su buen humor tenía en realidad un significado muy concreto: después de un otoño de suspiros, caras largas y melancólicas alusiones a París, la ciudad de la que habíamos tenido que huir precipitadamente a causa de la guerra contra Prusia, Londres había conquistado su corazón por fin.

La elegancia austera de los edificios, las comedidas costumbres de la buena sociedad londinense y la refinada manufactura de los objetos que vendían en los almacenes de lujo, en los que mi madre se abastecía para decorar nuestro nuevo apartamento en Aldford Street, habían ablandado su ánimo con el paso de los días. Cuando después, a través de los amigos de mi padre, nos llegó la noticia de que, igual que nosotras, varias damas más de la buena sociedad parisina se habían trasladado a la capital británica para alejarse de los peligros de la guerra, en mi madre se completó el cambio. Ya no se sentía sola. Y yo tampoco.

(...)

Cuando finalmente aparté los ojos de la ventana, me apresuré a mirar el reloj de péndulo colgado en un rincón del estudio. Faltaban pocos minutos para las tres. Era miércoles, y aquel día de la semana, como también los viernes, mis tardes londinenses estaban organizadas siempre del mismo modo: a las cuatro en punto salía a la calle, donde Horace y un coche de punto estarían esperándome para llevarme a Carnaby Street, a la Shackleton Coffee House. Aquél era otro de los secretitos que compartía con mi mayordomo. Para mis padres, yo iba a casa de la señorita Langtry, mi nueva maestra de canto, pero lo cierto es que no acudía hasta una hora más tarde, después de pasar un tiempo en compañía de Sherlock Holmes en aquel café tan poco adecuado para una joven de buena familia. Pero, puesto que el señor Nelson era el encargado de concertar las clases y los pagos con la señorita Langtry, no era difícil engañarlos acerca de las horas de clase y ganar aquel ratito secreto para pasarlo en compañía de mi fascinante amigo.

Temas:

Aventuras

Misterio y suspense

Valores:

Amistad

Justicia

Aprendizaje

Transversalidad:

Lengua: Vocabulario específico

Ciencias Sociales: La sociedad de finales del siglo XIX

Ética/ Tutoría: Amistad y justicia

Competencias básicas:

En comunicación lingüística, Social y ciudadana, Autonomía e iniciativa personal

Contexto literario:

Cambios sociales y tecnológicos al final del siglo XIX

¿Por qué leerlo?:

¡Aventuras y suspense sin tregua...no podrás dejar de leer!

Temas y valores:

Ética y Conducta, Juventud/Adolescencia, Justicia, Amistad

Más información:

Películas:

Todas las de Sherlock Holmes

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