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Resumen:

«—Pues mira —dijo Tom—, yo seré el sheriff de Nottingham y tú serás Robin Hood un rato y me matas. La propuesta era aceptable, y así esas aventuras fueron representadas. […] Convenían los dos en que hubieran preferido ser un año bandidos en el bosque de Sherwood que presidentes de Estados Unidos toda la vida.»

Fragmento:

No era el niño modélico del lugar. Al niño modélico lo conocía de sobra, y lo detestaba con toda su alma.

No habían pasado dos minutos cuando ya había olvidado sus problemas. No porque fueran ni una pizca menos graves y amargos de lo que son para los hombres maduros, sino porque un nuevo y absorbente interés los redujo a la nada y los apartó de su mente por el momento, del mismo modo que las desgracias de los mayores se olvidan en el anhelo y la excitación de nuevas empresas. Este nuevo interés era cierta novedad inapreciable en el arte de silbar, en el que acababa de adiestrarle un negro, y que ansiaba practicar a solas y tranquilo. Consistía en ciertas variaciones al estilo del trino de los pájaros, una especie de gorjeo líquido que resultaba de hacer vibrar la lengua contra el paladar y que se intercalaba en la melodía silbante. Probablemente el lector recuerda cómo se hace, si es que ha sido muchacho alguna vez. La aplicación y la perseverancia pronto le hicieron dar con el quid, y echó a andar calle adelante con la boca rebosando armonías y el alma llena de alegría. Sentía lo mismo que experimentaba el astrónomo al descubrir un nuevo planeta. No hay duda que en cuanto a lo intenso, hondo y puro del placer, la ventaja estaba del lado del muchacho, no del astrónomo.

Los atardeceres de verano eran largos. Aún no era de noche. De pronto, Tom suspendió el silbido: un forastero estaba ante él; un muchacho que apenas le llevaba un dedo de ventaja en la estatura. Un recién llegado, de cualquier edad o sexo, era una curiosidad emocionante en el pequeño pueblo de Saint Petersburg. El chico, además, estaba bien trajeado y eso que no era festivo. Era simplemente asombroso. El sombrero era coquetón; la chaqueta de paño azul, nueva, bien cortada y elegante; y a igual altura estaban los pantalones. Tenía puestos los zapatos, aunque no era más que viernes. Hasta llevaba corbata: una cinta de colores vivos. En toda su persona había un aire de ciudad que le dolía a Tom como una injuria. Cuanto más contemplaba aquella esplendorosa maravilla, más alzaba en el aire la nariz, con un gesto de desdén por aquellas galas, y más rota y desastrada le iba pareciendo su propia vestimenta. Ninguno de los dos hablaba. Si uno se movía, movíase el otro; pero sólo de costado, haciendo rueda. Seguían cara a cara y mirándose a los ojos sin pestañear. Al fin, Tom dijo:

—Yo te puedo.

—Pues anda y haz la prueba.

—Pues sí que te puedo.

—Tú no me puedes.

—Sí que puedo.

—¡A que no!

—¡A que sí!

—¡A que no!

—Que sí.

—Que no. 

Temas:

Aventuras

 

Valores:

Aprendizaje

Amistad

 

Transversalidad:

Ciencias Sociales

Competencias básicas:

En comunicación lingüística, Social y ciudadana, Autonomía e iniciativa personal

¿Por qué leerlo?:

Una lectura universal que ha cautivado a miles de lectores.

https://www.youtube.com/watch?v=IE4O8JXucwc

Temas y valores:

Sentimientos, Ética y Conducta, Infancia, Supervivencia, Amistad

Más información:

Series:

- Las aventuras de Tom Sawyer, Hiroshi Saitó (Animación - Japón, 1980)

Películas:

- Las aventuras de Tom Sawyer, Don Taylor (Musical - EE.UU. 1973)

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